Bailar, bailar y bailar
O cómo acabé tocando el tambor en una sala de eventos
Un día, sin pensarlo, estaba cambiándome de ropa en un diminuto cuarto. Me había puesto un traje de hombre medieval de manta, que parecía hecho a mi medida. Talla en la que unos meses antes, cuando todavía pasaba de los cien kilos, no hubiera entrado ni por equivocación.
Me gusta bailar, me gusta poner música y hacer pasitos de vez en vez, principalmente solo o con mi hija, pero hacerlo frente a un escenario y únicamente con un par de ensayos previos, no era muy para mí. Sin embargo, Elisa y Coralie iban a participar y me habían invitado a ser, lo que podemos decir, un figurante. Debía ponerme ese traje, cargar un tambor, hacer como que lo tocaba, avanzar, retroceder, avanzar retroceder y salir de escena. ¡Fácil!
La gala era el fin de cursos de una asociación artística que, entre otras cosas, brinda clases de baile a mujeres. Salpicados, uno o dos hombres, pero el baile es territorio femenino ¡Ay, Billy Eliot!
Tiempo antes le había dicho a mi esposa que hacer ejercicio era buena idea. Cuando más mal me sentí, hace algunos años, hacer bicicleta o ir a bailar, me habían ayudado. Ella comenzó a ir a un grupo de mujeres que bailaban y pronto comenzó a cambiar su estado de ánimo para bien.
El variopinto grupo que conforman sirve para hacer una película: una mujer que recientemente había sido madre, que sentí que se iban a burlar de ella; su sobrina, una chica medio despistada pero de buen corazón; una chica estresada pero que bailaba bien; una señora que le gusta sacrificarse por el otro, con dos hijas que se dedica al arte; mi esposa, doctora en lingüística y antigua estudiante de violín, además de otras mujeres, todas bajo la coordinación de una bailarina exigente y que sufre de ataques explosivos de creatividad. ¡Ah!, y Elisa, la más pequeña de todas las alumnas.
¿Dónde me quedé? Es cierto, estaba en un pequeño cuarto poniendo un traje de hombre medieval con mangas y cinturón de plástico que simulaba ser cuero. El raro era yo en medio de esa cofradía de mujeres, que se cuidaban entre ellas. Porque había varios grupos de edades, niñas, casi bebés, niñas más grandes, adolescentes y finalmente mujeres adultas. De tal manera que las adultas cuidaban a las más jóvenes y les ayudaban a cambiarse. Y yo, al ser el padre de la más pequeña debía quedarme en ese mundo femenino para cuidarla y evitar que llorara.
Era raro, porque yo cargaba a mi hija, vestido de labrador, mientras a mi alrededor las mujeres se pintaban, y se quitaban su ropa sin ningún tipo de pudor, mientras yo intentaba voltearme para no incomodar, aunque el único incómodo era yo. Uno no sabe lo profundo que es la pena cristiana hasta que te enfrentas a otros tipos de moralidad. Por mí culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y hacía calor, vaya calor que estaba cayendo ya por toda Francia. Elisa había bailado y su papel era de un florecita. ¡Cómo había bailado!, con que carisma, con que gracia. El escenario era de ella y se reía a más no poder. Yo la vi desde la parte de atrás del escenario, levantando una cortina, sacando unas fotos horrorosas, escuchando como su risa y sus aplausos al finalizar nos dejaban constancia, a mamá y a papá, que lo había disfrutado.
Pero ya estaba cansada y me decía en francés: papa, rentrer à la maison. Porque estaba harta de tanta gente, tenía hambre y sed. Así que le di su mamila, le di agua y un buen trozo de mi sandwich. Aunque el maremagnum no paraba. En los pasillos esperaban colgados los vestidos para los siguientes bailes. Niñas y adultas iban de aquí para allá, pintándose, acomodándose el vestuario o simplemente alertando que el siguiente era su turno. Y yo con una niña en brazos, esperando la pausa para salir.
Mi esposa estaba también ahí, por supuesto, sin embargo ella bailaba varias veces, cuidaba otras niñas y hacía comunidad con sus amigas y compañeras. Es bello cuando los franceses, luego de pasar por infinidad de pruebas, acaban cediendo a una nueva amistad. Y lo que pasaba en esos diminutos camerinos era camaradería de verdad.
Finalmente pudimos salir y llevé a Elisa con sus abuelos entre el público. Y yo toqué el tambor. Por breves tres minutos, fui un hombre celta al cual le bailaron un grupo de mujeres, un aquelarre de brujas del bosque que momentos antes eran amas de casa, estudiantes, maestras, vendedoras, gente común y corriente.
Entregué el tambor y me volví público y papá, porque una vez que nacen nunca se deja de ser padre. Y en las butacas Elisa vio a mamá convertida en pájaro y luego en celta otra vez. Cuando nos dimos cuenta estábamos los tres en la casa, cansados pero felices.
Qué estoy leyendo.
Leí, o intenté leer, dos libros autobiográficos de un investigador cinematográfico que respeto mucho pero que hoy día, sus libros se me hacen muy anacrónicos. La forma en que se burla de la gordura de una actriz de ópera me irritó, la forma despectiva y supuestamente irreverente para referirse a la gente pobre me hizo soltar el libro. Me pasé al siguiente pero esa misoginia tolerada de los años 80 me hizo abandonarlo de nuevo. Recuerdo que cuando lo leí en su momento me gustó y pensaba rencontrame con un amigo querido, pero ese amigo no ha cambiado y yo sí.




¿Quién es el autor de los libros abandonados?