De tomates y epazote
O cómo aprender a sembrar
"Le sport préféré des Français est le jardinage”, que significa algo así como que el deporte favorito de los franceses es sembrar plantas o la jardinería, aunque jardinage se aplica también al hecho de sembrar hortalizas. Ese lema está una tienda que vende de todo para hacer desde un huerto hasta un jardín. Y es cierto, acá mucha gente siembra y cosecha su propia verdura. A las afueras de Reims, por ejemplo, hay pequeños espacios que se rentan para montar huertas, aunque también hay diversas formas de hacer pequeños huertos para departamentos ayudados por macetas. Supongo que en París sucederá lo mismo.
Además de tener la jardinería como un pasatiempo, la verdad es que los galos desconfían mucho de las verduras y frutas del supermercado. Y es que acá no hay mercados como los mexicanos, con tanta variedad y llenos de cosas frescas provenientes de siembras cercanas. Graias a una ley puedes saber de dónde proceden los alimentos que compras, la mayoría provienen de España, Marruecos y los plátanos de Ecuador.
En la Ciudad de México puedes tener acceso a verduras recién cosechadas en Xochimilco, o pescado fresco de dos océanos, que muchas veces fue sacado de las redes en la mañana. El pescadero donde yo compraba pensaba que eran idiotas lo que llevaban blanco del Nilo, un pez venido de China o Vietnam, ya que había pasado congelado más de una semana a diferencia del huachinango que tenía en el refrigerador que había sido traído de Veracruz muy temprano.
Este año yo quise sembrar cilantro (tan difícil de conseguir por acá) y epazote (totalmente desconocido), pero no tuve suerte. Traje las semillas, preparé la tierra, las coloqué en una maceta con buen sustrato pero ninguno de los dos siquiera alcanzó a germinar. Las semillas murieron en el fondo.
Coralie, por el contrario tuvo mejor mano que yo. Ella sembró jitomates cerise o cherrys, como les decimos nosotros, además de tomate kumato, que es uno negro que casi no vemos en México. Es terrible, porque pese a que en nuestro continente se domesticó el tomate, solo comemos tres de variedades: el bola, el saladet y el verde. Acá en Francia puedes conseguir distintos tipos, como el mencionado kumato, el miel, el negro, entre otros. Y no se diga en España o Italia, donde las variedades se incrementan. Tan es así que los italianos son unos verdaderos amos del tomate. Acá en Francia hay temporadas donde venden cajas con 6 o 7 tipos diferentes tipos y que te acabas comiendo como si fueran naranjas o mandarinas. Elisa es adicta a los tomates cerise, en una sentada se puede comer 10.
Este año decidí que mi huerta iba a ser una realidad, así que comencé a leer el libro El horticultor autosuficiente y la vida en el campo, del inglés John Seymour y lo complementé con otro que se llama Le bon savoir de la basse-cour, que explica como hacer una granja autosuficiente. El de Seymour es un clásico de los años setenta, junto al Manual del arquitecto descalzo, de Johan Van Lengen, son dos de los mejores manuales para llevar una vida medianamente independiente. Curiosamente, ambos libros nacieron cuando el neoliberalismo convirtió el mundo en el caos y la depredación que es actualmente.
El de Seymour esperaba que cada persona o colectivo de personas tuvieran un huerto para que la comida saliera más barata y tuviera mejor calidad. El de Van Lengen quería que la gente pudiera construir casas acordes con su clima y sus necesidades a bajo costo. Sin embargo, el modelo económico nos hizo desear alimentos producidos en el otro lado del mundo y casas invivibles hechas de cemento.
Le bon savoir de la basse-cour es un libro de recetas, manual y libro de historia que explica cómo el hombre logró domesticar gallinas, conejos y guajolotes, y como el buen manejo de animales y siembra puede llevar a un equilibro donde una familia con un terreno mínimo pueda llegar a tener sus necesidades cubiertas.
En realidad, yo lo único que quiero es poder tener epazote y cilantro para poder cocinar ciertas cosas que extraño, como, por ejemplo, una birria. Si logro poder tener epazote, tal vez, en un futuro, pueda tener diferentes chiles.
Creo que lo más importante de este tipo de libros es que te recuerdan que no vivimos en un lugar aislado de la naturaleza, sino que vivimos en ella. Que gallinas, conejos, patos y demás animales de granja son seres que nos han acompañado durante siglos y que nuestra supervivencia está relacionada a ellos. Que todas esas tonterías que piensa Elon Musk y sus amigos, de injertarte chips en el cerebro, de crear rutas comerciales al espacio, son deseos de una élite de súper ricos que viven en una burbuja alejada del 98 por ciento de la humanidad y que quieren ser inmortales, no importa el costo.
Queridos lectores y lectoras, comencé este diario como desfogue por la soledad del invierno pero poco a poco ha ido creciendo. Lo sigo escribiendo en los tiempos que Elisa me lo permite, en un teclado con formato francés, es decir, sin “Ñ” y con la “C”, la “E” y la “Z” dañadas, por eso se van dedazos. Una gran disculpa. Espero el otro año poder conformar un libro de crónicas. Les agradezco su lectura y los comentarios que van dejan por aquí. ¡Que cosechen lo que siembren!
Solo les recuerdo que hoy es el último día de 2025 y sigue sin haber autos voladores
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Siempre es un gusto leerte, estimado Iván... Espero que pronto consigas el epazote y cilantro que necesitas para poder cocinar la comida que tanto echas de menos. Saludos y estaré atento para leer tu libro de crónicas.
Un abrazo, querido Iván. Y un 2026 lleno de buena ventura (y aventura). Aparto un ejemplar de ese libro de crónicas.