Desaparecido en Disney
O cómo el lugar más feliz sobre la tierra también es el más caro
Cuando era niño, antes de que existiera el Tratado de Libre Comercio, cuando un padre podía mantener a su familia con su único sueldo, mi abuelo me propuso, como recompensa por mis buenas calificaciones, que escogiera entre ir de viaje a Disney o por el contrario, ir a la playa, a Mérida. Supongo que desde esa edad ya tenía una animadversión por Disney y pedí mejor ir al mar. De ahí viene una de las fotos más icónicas de mi memoria: Mi abuela con un sombrero de palma sentada en una mesa, guapísima, disfrutando una bebida que apuesto era una piña colada sin alcohol, porque no bebía. A mi abuelo, con lentes negros, todavía musculoso, porque hizo lucha libre amater en su juventud y se conservaba bastante bien cargando y trabajando en su jardín, con una sonrisa que dejaba ver su sonrisa a la que le faltaba un diente. Ambos, grandes, pero bien conservados, llevando de vacaciones a la ciudad blanca a su nieto, el primero y más querido, los tres en una restaurante con terraza.
Me gustan las películas que hizo Disney antes de su reestructuración, es decir, quitando El Rey león y Mulan, no soy muy fan desde que apareció La Sirenita, Hércules, y definitivamente de Tarzán. Me gusta mucho, por ejemplo, lo que logran en cuanto a imaginería y animación con Pinocho, La Cenicienta y por alguna razón me vuelve loco Mary Poppins. Hay cierta oscuridad orgánica que acaba desapareciendo una vez que la familia Disney es hecha a un lado y el corporativo toma las riendas.
Un amigo, Francisco Haghenbeck, curó una gran exposición de Disney para la Cineteca nacional llamada México y Walt Disney, un encuentro mágico. En ella hacía una crónica de los diez días que estuvo el animador en nuestro país, además, agregó las diferentes animaciones con las que apoyó al gobierno mexicano, desde cómo utilizar toallas sanitarias o la mejor manera de filtrar agua. La visita del artista no era solamente para hacer negocios, (intentó hacerse con los derechos de Cri Cri, cosa que el compositor rechazó), sino hacer la labor de convencimiento de unirse a la facción de los Aliados frente a los Nazis. Ahora es indiscutible que las potencias del Eje son las “malas”, pero en aquellos tiempos las simpatías estaban divididas.
Lo que nos contaba Paco era que actualmente hay un gran desencuentro entre los herederos de Disney, que son “más jipis” y lo que pide y exige el corporativo multinacional. Por ejemplo, el corto de como usar una toalla sanitaria fue motivo de disputa porque la familia veía bien que se mostrara como Disney apoyó al gobierno mexicano en campañas de sanitización, pero los empresarios no quieren que la marca del ratón quede relacionada a sangre menstrual.
Cuando supe que iríamos al parque de atracciones cercano a París, gracias a una amable invitación, de entrada decidí acallar un poco al amargado de mí y pensar que ese viaje era realmente para mi hija, pero no pude evitar, buscar información sobre el parque.
Disney Paris, antes EuroDisney, no estuvo exento de problemas en su apertura, ya que muchos de esos terrenos iban a estar destinados a otros fines, por ejemplo la construcción de una “antena” de una universidad estatal parisina, lo que provocó que en un desfile por las calles de París le cayeran algunos tomates a Mickey.
Pero, además, la soberbia americana y el querer dinamitar las conquistas salariales de los empleados franceses. La corporación pedía un régimen especial que redujera los sueldos, eliminara días de descanso obligatorios, entre otras muchas linduras. Por ejemplo, que el gobierno francés, el federal y las municipales, regionales, cargaran con diferentes gastos. Si bien no hubo grandes concesiones con los derechos laborales, si hubo algunas, pero a fin de cuentas les estalló en la cara ya que apenas comenzaron a funcionar, la gente renunciaba al darse cuenta que aquello era una picadora de carne, por lo que tuvieron que contratar a la gente con mejoras salariales.
Muchos intelectuales franceses consideraron el parque como “imperialismo cultural”, o “neoprovincialismo”, y advertían que “Euro Disney fomentaría en Francia un tipo malsano de consumismo, una horrenda recreación de folclore idiota”. Algunos lo llegaron a llamar el “Chernobyl cultural”. Lo cierto es que durante sus primeros años de funcionamiento era sostenido por españoles e ingleses, ya que los franceses se negaban a asistir. Hoy día, gracias a muchos planes, descuentos, pases y concesiones, Disney París tiene una base de visitantes oriundos, pero la mayor cantidad es de turistas extranjeros provenientes de España, Países bajos, Inglaterra y Alemania.
Una de las primeras cosas que exigieron las autoridades y socios galos al Tío Rico fue que se pudiera vender alcohol. La mojigatería norteamericana no calaba muy bien con la europea. Jean Peyrelevade, banquero y uno de los más duros negociadores galos, les dijo en Orlando: Si no hay alcohol en la tierra de Mickey, olvídate de París.
Lo primero que llama la atención es que a diferencia de las ciudades francesas, todo en Disney se ve nuevo y falso. Me explico, el año pasado estuve en una ciudad medieval llamada Tours, el mismo sitio donde en 732 se dió la Batalla de Poitiers, en la que Carlos Martel detuvo al ejército del valí Abd ar-Rahman. Caminar por su centro es sentirse invadido por la historia y al mismo tiempo, estar en una especie de escenario. Yo no estoy encontra de este tipo de construcciones, es más Tijuana me gusta mucho por eso, porque es una especie de escenario de película pero llegar a Disney y ver castillos, luego de visitar por ejemplo los del Loira es cuando menos, extraño.
Pero el parque sabe su negocio. Por ejemplo, utilizan una mezcla de música y olores para provocar en ti diferentes sensaciones. Lo más evidente es que cuando llega Mickey, la gran estrella del lugar, comienza a oler a vainilla. Cada parte del parque tiene una música diferente y una mezcla de olores que te van poniendo en sintonía. Por ejemplo, en el sitio de los Piratas del Caribe hay un ligero aroma salado y a hierbas frescas. Cuando sale Goofy, que en Francia se llama Dingo, en el lugar donde te sacas fotos con él hay un ligero olor a chocolate.
Nosotros íbamos con uno de los trabajadores y tenía prohibido por contrato contarnos muchos de los secretos del parque. Sin embargo, luego de tantos años, uno sabe ciertas cosas y cuando tienes un olfato tan sensible como el mío, que lo mismo me ha dado alegrías que dolores de cabeza, el uso de perfumes no pasa desapercibido.
Cuando tienes un hijo todo gira entorno a él, así que por más que queríamos visitar Space Mountain, la gran tracción que salvó a Eurodisney de la quiebra en los años noventa, acabamos subiéndonos a las atracciones donde Elisa podía estar con nosotros. Subimos a dos trenes, uno pequeño y otro que le daba toda la vuelta al parque y que en verdad funciona con diesel. Nos subimos a Un Mundo Pequeño y a las tazas del Sombrerero Loco. Elisa se desesperaba en las filas, tirándose al suelo en una especie de manifestación silenciosa por la cantidad de gente que había, pero apenas estábamos montados, disfrutaba a fondo con los giros, las subidas y las bajadas. Reímos, ¡cómo reímos! Hasta que acabó cansada y tuvo que ceder al sueño.
Yo siempre he disfrutado de los Bucaneros. Sabrá dios cuantas veces vi Piratas del Caribe en el cine, así que subí al árbol de los Robinsons y me saqué varias fotos con el Perla negra de fondo. Como detalle nerd, el compositor mexicano, Xavier Atencio, entre otros muchas cosas, hizo la música para la atracción original de los Piratas del Caribe. Esta obsesión me llevó a visitar los fuertes de Campeche y Acapulco, además de coleccionar libros sobre la piratería. Y también fuimos a ver, mientras Elisa dormía, al viejo dragón de la Bella Durmiente; una bestia que en verdad causa miedo y asombro por igual, una verdadera obra de arte.
Sin embargo, todo está hecho para consumir, consumir y consumir. Solo hay tiendas de souvenirs, incluso las librerías que hay, tres yo pude verificar, son a fin de cuentas, tiendas de recuerdos a precios altísimos. Claramente, no había ningún libro sobre Walt Disney, sobre cómo hizo los parques, sobre sus primeros dibujos o cosas por el estilo. Cuando lo preguntaba a los empleados me veían con cara de “C’est fou”, está loco. Pero bueno, comprendanme, yo soy el tipo de turista que cuando fue al Hotel Princess Mundo Imperial en Acapulco, pregunté por la habitación donde se encerró Howard Hughes durante uno de sus arranques de locura.
Qué estoy leyendo.
Estoy con un libro ligerito que se llama Sur la piste de Sherlock Holmes, donde la autora, Anne Martinetti, hace un recorrido a través de fotos, grabados y recortes de periódicos, de las influencias y la vida de Arthur Conan Doyle. Una cosa curiosa es que James Barrie, el autor de Peter Pan, conformó un equipo de cricket llamado Allahakbarries, junto a Alan Alexander Milne, autor de Winnie the Poo, H. G. Wells, Rudyard Kipling, E.W. Hornung, Chesterton y por supuesto Arthur Conan Doyle.



