Letras y hospitales
O cómo seguimos sin pensar en el futuro.
A uno le piden
que entienda
amablemente
todos los errores de los otros
sus vidas desperdiciadas
sobre todo si son
de edad avanzada.
Charles Bukowski
Hace algún tiempo, mientras vivía en Tlaxcala, durante unos foros que hizo un candidato a gobernador uno de los artistas propuso que “al ser trabajadores de la cultura, tuviéramos derecho al Seguro Social”.
—Tremenda estupidez, —dijo un colega— ¡Como si fuéramos burócratas de la inspiración!
Yo no acaba de compartir su opinión, es decir, la de mi colega que se burlaba del Seguro Social. Debido a que fue educado por mis abuelos, pronto tuve frente a mí todos los problemas que acarrea la vejez: piernas doloridas, problemas de estómago, ingesta de pastillas para cada dolencia e ir acomodando la casa para que pudieran hacer las cosas más sencillas, como ir al baño. En cierto momento, los escalones desaparecieron y comenzaron a poner rampas y pasamanos para que pudieran andar por su propia casa.
También es cierto que, pese a que eran de buena madera, se cuidaban más bien muy poco. Comían raramente verduras, hacían nulo ejercicio y su pasatiempo favorito, una vez que llegaron más allá de los setenta, consistía en sentarse a ver televisión. Mis suegros, por su parte, son máquinas de hacer ejercicio y en realidad toman pocas medicinas. No deja de sorprenderme que en su cumpleaños, mi suegro, hizo frente a mí cinco planchas sin ningún esfuerzo. Y que mi suegra a su más de setenta años, juega con su nieta sin ningún esfuerzo durante horas.
Pero tomo el retorno y regreso a donde iba. Estaba hablando de cómo tenemos una idea de que la literatura es algo que vivimos al margen. Yo pensaba eso cuando era más joven. Si bien Charles Bukowski y Henry Miller marcaron mi forma de entender la literatura, con todos sus excesos y libertad, la verdad es que ambos, al fin de cuentas planearon su vejez.
Pongamos como ejemplo a Bukowski, pese a que muchos de sus lectores en México y el resto de Latinoamérica tengan la idea de que era un tipo desorganizado y alcohólico, la verdad es que acabó conformando una empresa con su nombre, reteniendo los derechos de sus libros y viviendo una vejez desahogada, con un auto deportivo a la puerta, gracias a los buenos contratos con Hollywood. Incluso, acabó forjando una buena amistad con gente como Sean Penn.
Miller, por su parte, acabó comprando una casa en California, cerca de Big Sur y reflexionando sobre sus viajes, la vida, el sexo y la vejez. Uno de esos hermosos libros llenos de sabiduría, que solo puede escribir alguien que ha vivido y calmado al enfant terrible que vivía dentro de él, se trata de On Turning Eighty. Son tres ensayos donde habla sobre la vida y lo que significa llegar a anciano.
Si bien Miller es conocido por su Crucifixión rosada y por los Trópicos, sus últimos libros, por ejemplo Big Sur y las naranjas de El Bosco o las compilaciones de ensayo, nos muestran a escritor ya asentado y que reflexionaba más que actuaba.
Pero sin duda, la maestra de la organización era Patricia Highsmith, quien, luego de salir huyendo de la Hacienda francesa, —quien le cayó una mañana para revisar todos sus estados de cuenta—, acabó viviendo en Suiza. El lugar más aburrido y lleno de reglas que puede haber. Ahí se mandó construir una enorme casa que funcionaba más que como hogar, como un gigantesco archivero donde guardaba sus diarios, cartas y los manuscritos de sus novelas. A final de su vida, todo eso acabó en alguna universidad norteamericana. Cosa que planeó antes de sus muerte.
Yo siempre he pensando en el futuro y la muerte. No porque sea mexicano, aunque sí. Pero pienso mucho en qué haré en la vejez porque, simplemente, mi abuela me hacía pensar mucho en eso. A veces se sentaba en la cama y veía sus brazos golpeados por la edad y me decía que estaba cansada, que eso nos iba a pasar a todos y que debíamos de preparanos. Siempre supe gracias a eso, que, pese a que aguantaba grandes fiestas y viajes sin rumbo por las carreteras, algún día debía detenerme.
Sin embargo, los escritores mexicanos en general, piensan poco en qué van a hacer. Además, sufren del síndrome de Doña Florinda, creen que están por encima del resto de los mortales. Hace algunos años tomé un taller con un gran escritor norteño que tiene cuando menos tres novelas que son ya patrimonio literario mexicano. Así que cuando supe que estaba enfermo y que su familia estaba haciendo una recaudación de fondos para su tratamiento me sentí compungido. Deposíte algunos pesos, que claramente no me sobraban. Pero finalmente, el autor acabó muriendo dejando a su familia con una gran deuda.
Pero esa no se compara con la que dejó otro gran escritor que durante la pandemia fue internado en un hospital privado, con lo que día con día la deuda crecía y crecía. Cuando finalmente, y desgraciadamente, murió, la factura era estratosférica.
La literatura es francamente un oficio poco redituable. Se trabaja mucho y se gana poco. Sin embargo es algo que uno no escoge, es algo que nos es dado y que, pese a lo que hagas, te dediques, o decidas, acabarás por escribir historias. Por ejemplo, recientemente acabo de escribir más de una docena de ensayos de los cuales no recibiré ni un peso, solo la satisfacción de aparecer en un libro enorme y que busca ser nodal.
Sin embargo, sé que si un día caigo enfermo, no iré a un hospital privado, sino a público porque no voy a dejar una deuda impagable a mi familia. Aunque sé que lo que escribo vale poco menos que nada, está organizado en carpetas dentro de mi computadora y mi disco duro. También tengo en un par de carpetas físicas los contratos y originales de mis exiguos libros.
En redes sigo al amigo que se burló de lo del Seguro Social. Luego de repensar su vida y ahorrar lo suficiente, compró un terreno en un pueblo, contrató un arquitecto que le diseñó una casa con una gran chimenea como el centro neurálgico de todo. Cada que sube fotos de cómo va el proyecto, brindo a la distancia por él.
Alguna vez, mientras nos recuperábamos de alguna de nuestras largas borracheras, me confesó con culpa y miedo que si seguíamos así acabaríamos siendo indigentes. Así que cuando lo veo con sus hijas y jugar con sus perros, sé que no será un indigente.
“Si a los ochenta no eres un lisiado ni un inválido, si tienes salud, si aún disfrutas de un buen paseo, una buena comida (con todos los aderezos), si puedes dormir sin tomar una pastilla, si los pájaros y las flores, las montañas y el mar aún te inspiran, eres un individuo muy afortunado y deberías arrodillarte mañana y noche y agradecer al buen Dios por su poder para salvarte y protegerte. Si eres joven pero ya estás cansado deL espíritu, ya estás camino de convertirte en un autómata, puede que te haga bien decirle a tu jefe —en voz baja, por supuesto—: “¡Chingate, Jack! ¡No eres mi dueño!”... Si puedes enamorarte una y otra vez, si puedes perdonar a tus padres por el crimen de traerte al mundo, si te conformas con no llegar a ninguna parte, simplemente aceptar cada día como viene, si puedes perdonar y olvidar, si puedes evitar volverte agrio, hosco, amargado y cínico, hombre, lo tienes casi todo bajo control. Son las pequeñas cosas las que importan, no la fama, el éxito o la riqueza”.
HENRY MILLER, On Turning Eighty.
Qué estoy leyendo
Sin dinero en Paris y Londres, de George Orwell antes de ser Orwell, porque todavía firmaba como Eric Blair. son unas crónicas muy interesantes sobre su vida en los bajos fondos de ambas capitales. Lo estoy leyendo en francés y creo que es un error porque recurro constantemente al diccionario. Lo descargué en inglés pero al tener tanta jerga me resultó igual de confuso que en francés, así que creo que finalmente, tendré que recurrir a la horrible traducción española. Pero bueno, soy excelente entendiendo el anagramés.




