Roma, ciudad eterna I
O cómo luchar contra miles de turistas.
NOTA: Esta crónica y la próxima fueron escritas hace ya varios meses. Sigo sin entender por qué no las mandé antes.
El calor estaba en lo más alto, entre 34 y 35 grados durante gran parte del día. Previniendo esto, había llevado un enorme sombrero de paja marca Tardán para cubrirme del sol sin mayor problema. Como dato cultural, la marca mexicana fue fundada en 1847 y los clásicos sombreros italianos, Borsalino, en 1857.
Al llegar a Roma de inmediato sabes que no estás en Francia, primero porque el color del cielo es diferente, menos azulado, el de Roma es de un tono rojizo, como el de la Ciudad de México. Ese parecido entre México e Italia no dejaría de acompañarme durante todo el viaje. Hay calles, parques, balcones, que te recuerdan inexorablemente a México. No es nostalgia, no es ese deseo del viajero de encontrar la casa en los lugares donde se visita, es simplemente que mucha de la arquitectura virreinal estaba inspirada en la mediterránea.
En cuanto vemos al chofer que nos llevaría al hotel me doy cuenta de otra certeza, ¡que bellos son los italianos! ¿Cómo puede ser posible que sean tan bellos? Cómo pueden lograr el bronceado perfecto, el peinado ideal y conservar esos rostros esculpidos hasta en la vejez. El chofer, un joven de 30 años, sobrado de encanto, nos recomendó no ir a la playa, “Es una pérdida de tiempo, quédense en Roma”, y lo obedecimos, más por logística que por confiar en alguien que también nos recomendó no ir a Cinecitta.
¡¿Cómo alguien —en su sano juicio— puede decir algo así?! No visitar los sitios donde hicieron los peplums de los años setenta, el lugar donde Fellini filmó sus más grandes obras, los estudios que pisó Scorsese y tantos otros directores. Pero es cierto, el cine en Italia por el momento no pasa por un buen momento, pese a Luca Guadagnino y a Paolo Sorrentino. Pero la crónica de Cinecitta y el cine italiano la reservaré para otra entrada.
Pronto te das cuenta que pese a que los franceses están absolutamente seguros de que en Francia nada funciona y que la cultura gala está en decadencia, la verdad es que hay grandes diferencias entre el funcionamiento de uno y otro país. No es por menospreciar pero en las regiones galas, la eficiencia es norma. Aunque dicen que en Suiza todo funciona como un reloj, a riesgo de matar la improvisación humana. Los suizos, por prohibir, prohiben hasta jalarle al baño después de determinada hora para no molestar a los vecinos con las descargas. En Francia no son tan así, pero si hay reglas muy duras. En Italia, —y España— digamos, que son más laxos con las reglas.
Una vez que entendimos cómo funcionaba el transporte público, nos movimos en él. El metro (mi sistema favorito de cualquier urbe) consiste en un par de líneas que cruzan la ciudad en equis, con un subsistema de tranvías más o menos grande y una enorme red de autobuses híbridos entre “metrobuses” y autobuses normales. Con todos ellos la alcaldía capitalina mueve a turistas y a romanos por igual. Pero, el metro está bastante dado al catre, medio olvidado, además de insuficiente.
Cuando salimos de la estación Coliseo, el mencionado edificio de piedra nos esperaba a la salida, junto a decenas y decenas de turistas venidos de todas partes del mundo, principalmente países hispanoparlantes, que la noble y buena madre iglesia evangelizó con ayuda de la pólvora y el rosario. Zanahoria y látigo, como a los caballos. Así que no era extraño escuchar mucho español: colombianos, argentinos, principalmente y claro, mexicanos; aunque, por el acento, en su gran mayoría eran norteños.
A dos años de no estar en México ya puedo reconocer a mis paisanos: nos gusta acumular ropa y bolsas sobre uno. Nos ponemos gorras, lentes, nos amarramos la chamarra, pese al calor, no vaya ser que llueva, nos colgamos la cámara, una bolsita para el celular, —no nos lo vayan a robar— y traemos siempre cosas en las manos. Somos una especie de árbol de navidad ambulante. Y además, NO combinamos la ropa. Yo siempre trato de evitar a los paisanos en Europa porque la mayoría de los que viajan a estas tierras sufren el síndrome de doña Florinda, es decir, el de creerse diferentes al resto de la chusma. Es revelador saber que, en las pasadas elecciones, los votos de mexicanos en el extranjero le dieran el gane a la izquierda a excepción de los residentes de Francia y España, donde ganó la derecha. Mi conclusión es que hay mucho facha exiliado en el viejo continente.
Vaya que vi a varios mexicanos en todo el camino, pero simplemente hacía lo necesario para voltearme a otro lado. Quería evitarme la pesada plática de muchos de ellos donde se tiran al piso y se avergüenzan de su país. Porque, sinceramente, si comparamos Roma con la Ciudad de México, en muchos aspectos sale ganando nuestra capital. Por ejemplo, el estado lamentable de dos estaciones del metro romano como Pirámide o Garbatella, de la línea B, no podría ser allá. Las paredes llenas de pintas, las bancas rotas, basura tirada en los andenes. Y qué decir de los convoyes, muchos de ellos cubiertos de graffiti.
En una trattoría tuvimos que compartir mesa con tres paisanos y para evitar la charla comencé a hablar en francés con Coralie. Para un francés es evidente que mi acento es pésimo, pero para un hispanohablante no. Finalmente, y ante la cara de terror de los tres frente a la carta, hice mi servicio social. Eran dos hombres que parecían pareja y que además llevaban sendas cruces de plata y uno más sin señales católicas en el cuerpo. Me apiadé y terminé por explicarles cómo funcionaba el sistema y qué podían pedir. Incluso les dije que pidieran peperoncino para que se metieran la enchilada de su vida.
Estaban de paso por Roma, luego irían a la Toscana, posteriormente a Venecia y luego seguirían en otro país, —creo Israel—, todo en menos de una semana. Nunca he entendido esos viajes peregrinación de bajar y subir. Solo sirven para sacarse una foto sin nunca entender bien a bien dónde estuviste. Al final de viaje son solo fotos y fotos de uno en primera persona en una ciudad que podría ser Milan, Paris, Madrid. Eso sí, nuestra cara en esos lugares es lo importante.
Afortunadamente, Coralie comparte el mismo pensamiento que yo, no por nada le metimos los primeros dos días más de 15 kilómetros de caminata diaria para conocer Roma. La ciudad entra por los pies. El vecino de restaurante tenía ganas de charlar y lo intentó, pero yo ya estaba en formato cronista, es decir, no tenía ganas de contar nada de mí, yo quería escuchar. Y este hombre quería conocer mi vida, lo clásico, ¿dónde conocí a mi esposa? ¿A qué me dedico? ¿Cómo veo los cambios entre país y país? No solté prenda y más bien acabé interrogándolo para saber que venían de algún tipo de grupo religioso que peregrinaba por lugares sagrados del catolicismo.
En la fila para entrar al Palatino encontramos a un argentino que gritaba una sarta de insultos feroces contra los italianos. El calor lo había vuelto loco y la fila no avanzaba. Era graciosos verlo despotricar desde su lugar, con su esposa escondiendo la cara, diciendo que los tanos eran una imbéciles que no podían coordinar bien la entrada a una zona arqueológica. Y en parte tenía razón, aquello era un desastre. En general, pese a que se pueden y deben comprar los boletos con antelación, la gente que gestiona las entradas lo hace mal porque, en general parecen no tener apremio porque todo salga bien. Uno ve en las entradas a los muchachos que contratan para verificar los boletos, resguardados bajo sus toldos frescos, tomando sus bebidas congeladas, sin mucho prisa, comiendo sin problema sus rebanadas de pizza o sus sándwiches.
Roma es así, relajada, digamos laxa, para no decir corrupta, hermosa, con miles de años a cuestas. Si bien son flexibles con las reglas, en la cocina es todo lo contrario. La comida es cosa seria en Italia, muy seria. Incluso hay un instituto que otorga una etiqueta de, por ejemplo, la Vera Pizza Napoletana. Si bien los franceses son bastante duros con ciertas reglas gastronómicas (el uso de las manos está vedado bajo pena social), los italianos son verdaderamente irreductibles. No toman capuccino si no es para el desayuno, no ponen frutas en la pasta, no ponen parmesano a ninguna pasta que lleve marisco y no existe ninguna pasta con pollo.
Me encanta eso, me gusta saber que la gente en general sea una fundamentalista de la comida. Me gusta saber que la gastronomía sea una parte tan importante de su vida. Me encantan sus mercados, los pequeños puestos de especias, los tomates en conserva y los hongos. Los italianos conocieron el tomate muchos años después de que América se los regalara al mundo pero lo han hecho parte de sus identidad. Incluso han sembrado y creado variedades que simplemente no consigues en México. En el verano se vuelven locos con ellos.
Por mi parte, yo volví loca a Coralie ya que la llevé a recorrer tiendas y mercadillos buscando hongos secos para la casa. Tenía antojo de hacer un fusilli con queso azul con los hongos deshidratados en invierno. Nos metimos a las tiendas especializadas de Trastevere y en los supermercados cercanos al hotel, pero cada bolsita costaba una pequeña fortuna. Finalmente y cuando ya me estaba dando por vencido, nos metimos a un minisuper y ahí encontramos los funghi en bolsas pequeñas y a un precio accesible.
Roma es cansada porque hay que caminar y luchar contra los turistas de Instagram, personas que ven la columna de Trajano frente a ellos en toda sus inmensidad y lo que hacen es sacar una foto con su cara deformada por hacerla en primer plano. No se diga cuando llegas a la fuente de la Vía Trevi, una hermosa y relajante escultura que te pide sentarte a disfrutar el sonido del agua fluyendo por sus tuberías mientras posas tu mirada en cada una de las esculturas. Sin embargo, no puedes, aquello está más lleno que una partido de fútbol en un clásico. Tienes gente respirándote en la espalda, exigiendo su lugar para hacerse la enésima selfi.
Según cuentan las crónicas, Fellini hizo una réplica de la misma para poder filmar con tranquilidad. Supongo que cuando William Wyler filmó Vacaciones en Roma con Audrey Hepburn y Gregory Peck aquello era vivible. Hoy, simplemente, con el calor y los turistas apelotonados sacándose fotos y haciendo videítos es insoportable. Sin embargo, cuando te sientas en alguna plaza o te devoras un gelato en alguna gelatería, te das cuenta de la suerte que tuviste de estar en la Ciudad Eterna.
Qué estoy leyendo.
Una novela juvenil medio insípida que se llama Horror city, de un autor y dibujante francés llamado Fabien Fernandez. Es como un híbrido entre historieta, juego de video y novela de terror/policiaco. Supongo que entre los jóvenes tendrá mucho éxito pero para mí fue medio insustancial. He leído cosas mucho mejores de autores actuales juveniles. Eso sí, los dibujos son muy coloridos y atrayentes.




